lunes, 16 de septiembre de 2013

ARISTEO


Aristeo era hijo de Cirene, una de las Náyades y de Apolo. Era venerado por los sicilianos como una de sus divinidades campestres. Su educación fue dirigida por las ninfas, que le enseñaron los secretos de los cultivos de olivos, cuajar la leche y la fábrica de colmenas.

Un día que perseguía por los campos a la bella Erídice,mujer de Orfeo, una serpiente oculta entre la hierba la mordió causándole una herida mortal. Los dioses para castigarle hicieron cundir entre las abejar una enfermedad contagiosa que destruyó a todas hasta no quedar ninguna. Apenado por la pérdida, fue a buscar a su madre a la cueva en la que vivía, junto al nacimiento del río Peneo.

Así entablaron conversación. Aristeo preguntó "- Madre mía, ¿de qué me sirve descender de los dioses y ser hijo de Apolo si he de ser siempre el blanco de los reveses de la suerte? Las abejas que constituían mi dicha, las colmenas que había adquirido a fuerza de obstinados trabajos y asiduos cuidados, han sido destruidas. ¡Y tú eres mi madre...! Pues bien, acaba de una vez; arranca, destruye por tu propia mano los árboles que planté, entrega mis apriscos a las llamas, prende fuego a mis cosechas ya que el honor de un hijo tan poco te conmueve". 

Cirene, no pudiendo oír sin emocionarse ante los lamentos de su hijo, no le dio gran importancia a aquello. La diosa le estrechó entre sus brazos intentando tranquilizarle y le dijo: "Hijo mío, tu madre nada puede hacer por ti en esta triste situación; ni su sabiduría, ni su buena voluntad podrían ofrecerte ningún socorro en esta coyuntura. Sin duda habrá llegado a tus oídos el nombre del sabio Proteo, hijo de Océano. Correo a buscarlo junto al mar de Carpacia; solamente este adivino, a quien lo futuro y los secretos de la naturaleza se revelan con toda claridad, puede decirte la causa de tu desgracia y enseñarte el medio infalible para obtener nuevos enjambres".

Aristeo llegó a casa de Proteo, que de momento se negaba a escucharle y esquivaba al hijo de Cirene de mil maneras. Sin embargo, al final comunicó al joven agricultor que era la venganza divina el factor principal, que llevaba sobre sí el peso de un gran crimen, que tenía el deber de apaciguar a ira de las hermanas de la ninfa Eurídice. Para ello era necesario que ante la puerta de su templo levantase cuatro altares y derramase al pie de ellos la sangre de cuatro toros y cuatro becerras, dejando los cádaveres abandonados en el bosque sagrado. 

Todos estos preceptos eran puntualmente observados y, tan pronto la décima aurora iluminaba el horizonte, Aristeo movido por la inquietud y la curiosidad corría hacia al bosque y descubrió el más pasmoso de los prodigios. Percibió el zumbar en el vientre de los cadáveres putrefactos, numerosos enjambres de abejas que al momento, abriéndose paso por la piel, se remontaban por los aires formando nubes inmensas.

Tiempo después, Aristeo se desposó con Autónoe, hija de Cadmo, de la cual tuvo un hijo llamado Acteón. Tras la cruel muerte de su hijo a manos de la diosa cazadora Diana, Aristeo se retiró a la isla de Cos, de aquí a la de Cerdeña y finalmente a Sicilia, donde hizo a los habitantes partícipes de sus beneficios. Cuando éste vivía sus últimos días, fijó su residencia en Tracia, y Baco en persona le inició en los misterios de las orgías.


ARISTEO
François Joseph Bosio
París, Louvre

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