sábado, 14 de septiembre de 2013

PAN


Pan era una antigua divinidad de los bosques. Nacido en Arcadia de la unión entre Mercurio y una ninfa, era el dios de los campos y de los pastores. Se le representaba como un ser mitad hombre y mitad animal, con el mentón prominente y el rostro barbudo con expresión de insólita belleza. 

Senoé, su nodriza, y las demás ninfas de Arcadia, al verlo, gritaron de espanto. Mercurio, al contrario, lo tomó a risa; envolvió a su hijo de pies de cabra en una piel y se lo llevó al Cielo, donde su ridícula figura sirvió de diversión a los dioses. Como el niño gustaba a todos, se le asignó el nombre de Pan, del griego pan que significa "todo". 

Pricado de Síringa, quiso agradar a la ninfa Pitis, y probablemente lo hubiera conseguido si los celos de Bóreas no se hubiesen interpuesto en su camino. Al no poder rendir a su amor, tiró a la ninfa desde una altitud elevada. Los dioses convirtieron el cadáver de la ninfa en pino, árbol que gusta de vivir sobre las montañas y que, a su vez, fue consagrado a Pan.

Para distraerse de las penas, Pan acompañó a Baco a la conquista de la India y compartió su gloria ayudándolo en sus triunfos. La expedición fue crucial para que el dios perfeccionase su táctica militar, inventando el modo de distribuir las tropas en las falanges y dando a los ejércitos un ala derecha y otra izquierda.

En la antigua Grecia, la zona de Arcadia le tributaba un culto especial sobre los montes Ménalo y Liceo. Evandro, rey de Arcadia, que se vio obligado a huir de su país natal, llevó el culto de Pan al Lacio, en Italia. Allí sus fiestas serían conocidas como lupercales, donde los sacerdotes las celebraban inmolando machos cabríos y cabras con cuyas pieles se cubrían. Así, recorrían las calles esgrimiendo látigos para excitar la risa del pueblo.

Los egipcios, en cambio, veneraban a Pan como símbolo de fecundidad y principio de todo lo existente. Se le atribuían las alarmas súbitas y los temores imaginarios, a los cuales, por esa misma razón, se ha dado el nombre de terrores pánicos.

Sus atributos son la flauta y el bastón de pastores, haciendo referencia a su identidad como dios de los pastores.


EL DIOS PAN TOCANDO LA FLAUTA
Jacob Jordaens
1640
Bilbao, Museo de Bellas Artes

PAN Y SIRINGA

Siringa era una ninfa del agua seguidora de la diosa de la caza Diana. Con voto de castidad, rechazaba a los sátiros y ioses que vivían en los bosques o campiñas. Pan, sin embargo, se enamoró de ella e intentó conquistarla. Pero la náyade lo rechazó de la misma manera que había hecho anteriormente con los demás pretendientes. 

La joven echó a correr seguida del dios de los pastores. Cuando llegó a la orilla del arroyo Ladón, que impedía continuar con la fuga, rogó a sus hermanas que la transformaran. Así, precisamente en el momento en que Pan, seguro de haberla conseguido, la agarró, las manos se le llenaron cañas secas. Disgustado, el dios suspiraba, y el aire que vibraba dentro de las cañas hizo que una flauta dulce surgiese, llamándola Siringa. Pan cortó algunos de sus tallos y creó con ellos siete tubos de desigual tamaño. De esta manera, construyó la flauta pastoril conocida como caramillo, de la cual salían sonidos dulces llenos de armonía. 


PAN Y SIRINGA
Jan Brueghel el Viejo
Milán, Pinacoteca di Brera


LA SENTENCIA DE MIDAS

Un día que Pan estaba en el monte Tmolos, tuvo la osadía de despreciar los cantos de Apolo y desafiarlo en un concurso. El dios sol aceptó y se eligió como juez al viejo genio del monte. A la exhibición de Pan siguió la de Apolo que, rozando las cuerdas de su lira, emitió un sonido tan dulce que el juez le nombró victorioso. 

Entre los que habían asistido se encontraba el rey Midas, quien, tomando partido por Pan, osó ir en contra del veredicto. Al oirle, Apolo, airado, le hizo crecer dos largas orejas de asno. Como no sabía que hacer para ocultar tal aspecto, Midas se puso una mitra de púrpura en la cabeza. Pero el siervo que le cortaba el pelo no pudo evitar descubrir el real secreto. Como no se atrevió a revelar lo descubierto, pero tampoco a callarse, decidió cavar un hoyo y murmurar en él lo visto.

Así enterró su secreto recubriendo el hoyo de tierra. Sin embargo, al cabo de un año aproximadamente, creció en el sitio una densa mata de cañas que, movidas por el viento, revelaron a todos la terrible verdad.



APOLO VENCE A PAN
Jacob Jordaens
1637
Madrid, Museo del Prado

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