viernes, 25 de octubre de 2013

DÉDALO E ÍCARO

La historia del Minotauro, "el toro de Minos", estaba estrechamente ligada a la historia de Minos, rey de Creta e hijo de Júpiter y Europa. Para justificar su derecho al trono de la mítica isla, pidió a Neptuno que le enviase del mar un toro para después sacrificarlo. 

El dios del mar atendió a sus peticiones y mandó al rey un gran toro blanco. Pero, tras confirmar su poder, Minos decidió conservar para sí el bellísimo ejemplar y sacrificar otro a la divinidad al cabo de un año de su ascensión política. Esa acción no quedó impune: para vengarse, Neptuno inspiró en Pasifae, esposa del rey, una profunda pasión por el todo. Escondida en el interior de una falsa becerra que Dédalo había construído para ella, la reina se unió al animal. De dicha unión nació el famoso Minotauro, un ser monstruoso y aterrador mitad hombre y mitad toro. Sin embargo, las leyendas más tradicionales defienden que el Minotauro era una criatura con cuerpo de hombre y sólo la cabeza era de toro.

Por su parte, Minos, asustado y completamente avergonzado, hizo que Dédalo le construyese un laberinto en el que encerrar al Minotauro.

A su vez, Neptuno castigó al rey de otras maneras: sus hijas Fedra y Ariadna fueron víctimas de la pasión del dios y su hijo Androgeo le fue arrancado por una muerte prematura.

Androgeo, que estaba dotado de especial habilidad para los ejercicios gimnásticos, acudió a Atenas para optar al premio de la lucha, la carrera y el pugilado que se celebraban con motivo de las fiestas de Minerva. Los más famosos atletas de Ática y Megara acudieron con el mismo fin. Sin embargo, Androgeo fue el único vencedor y consiguió todos los premios. La gloria y las coronas ganadas, excitaron la envidia de sus rivales que lo asesinaron cuando tenía pensado volver a Creta. Minos, encolerizado, juró vengarse.

El rey de Creta se presentó ante los príncipes vecinos para buscar una alianza, armó una flota y se dirigió a Megara con el objetivo de sitiarla. Escila, hija de Niso, rey de Megara, al divisar desde lo alto de la ciudadela al rey de Creta al frente de sus soldados, sintió por él vivo afecto. Tenía Minos figura apuesta y distinguida: Escila, para agradarle, no se cortó en hacer traición a su padre y a su país. La suerte de la ciudad de Megara dependía de un cabello purpúreo que Niso conservaba en su cabeza con mucho cuidado. Pero su hija Escila se lo cortó mientras el rey dormía, y se lo ofreció a Minos como prueba de ternura. El mismo día la ciudad fue tomada por el rey de Creta y sus seguidores, pero la perfidia de Escila causó tanto horror a Minos que éste no quiso ni verla ni hablarla. La joven, desgraciada y avergonzada, se precipitó en el mar. Sin embargo, los dioses la sostuvieron un momento en su caída y la convirtieron en alondra y su padre fue convertido en gavilán.

Mientras tanto, el artista ateniense Dédalo, que por orden de Minos había construido el famoso laberinto de Creta, vivía en esta ciudad con su hijo Ícaro, y pagaba con ingratitudes la hospitalidad que el rey le ofrecía favoreciendo las andanzas criminales de Pasifae, mujer intrigante y apasionada.

No pudiendo el rey de Creta contener más su enfado, encerró al arquitecto y a su hijo dentro del aterrador laberinto, quedando así largo tiempo cautivos en la inextricable morada, en la que, teóricamente, debían acabar sus días.

Dédalo, cuyo genio corría parejas con su audacia, pensó en un plan para poder escapar de su prisión, y bajo el pretexto de querer ofrecer un regalo a Minos, pidió a sus carceleros cera y plumas. Con estos elementos pudo construir unas alas: cuando las probaba notaba como se balanceaba en el aire, pudiendo, pues, partir y liberarse. Entonces, dirigiéndose a su hijo Ícaro le dijo: "Hijo mío; vuela con prudencia y guarda siempre en los aires una distancia conveniente. Si te elevas demasiado hacia el sol, su calor fundirá la cera de tus alas; si vuelas demasiado bajo, la humedad del mar las hará en extremo pesadas para tus débiles fueras. Evita uno y otro extremo y sígueme sin cesar". Con estas palabras, Dédalo se ajustó el complemento alado a la espalda de su hijo, no sin verter lágrimas de temor.

Ícaro levantó el vuelo de manera temblorosa hacia una nueva ruta mientras vacilaba y se extremecía. Poco a poco, cobra brío y fue dejando el miedo atrás, abandonando su guía y lanzándose hacia las alturas. Entonces, las ligaduras sujetas a las plumas se fueron aflojando paulatinamente; el calor solar derretía la cera, las plumas se desprendían y en el momento en que lanzado un grito de espanto llamaba a su padre, Dédalo, para pedir socorro cayó, encontrando la muerte en el mar que según su nombre fue denominado Icario. Este mar se extiende entre las islas de Quío, Samos, Patmos, Naxos y Micona,

Esta fábula por sus sentido natural tiene como finalidad simbolizar que Dédalo, que durante su cautiverio inventó el arte de poner velas a su barca, pudo así escaparse de la isla de Creta tomando tomando ventaja a los navíos de Minos, que le seguían a la fuerza de los remos. El bajel de su hijo, en cambio, fue mal dirigido y chocó contra los escollos quedando totalmente destrozado.

Dédalo prosiguió su peligrosa carrera y desembarcó en Cumas, en Italia. Allí levantó un majestuoso templo en honor al dios Apolo. Partiendo de esta región marcho a Sicilia donde reinaba Cócalo, que le ofreció asilo y protección. El obsesionado Minos por la búsqueda del fugitivo, no tardó en presentarse con su flota en las costas de Sicilia y requirió de Cócalo que le entregase a su prisionero. El príncipe se negó y como el rey cretense insistió con duras amenazas, le dio la opción de desembarcar y acudir a palacio para acabar este asunto con un arreglo amistoso.

El rey de Cumas decía esto en sentido muy distinto. Minos, que desde su bajel apenas entendió nada, aceptó la propuesta y acudió a la regia morada, donde fue recibido con los más grandes honores. Estos honores, en cambio, encubrían un engaño: llegado el segundo día fue conducido a una sala de baño donde los esclavos lo retuvieron durante un largo período de tiempo que el vapor del agua en ebullición lo asfixió acabando con su vida.


DÉDALO CONSTRUYENDO LAS ALAS PARA
SU HIJO ÍCARO
Roma, Villa Albani



DÉDALO E ÍCARO
Charles Paul Landon
1799
Musée des Beaux-Artes et de la Dentelle d'Aençon



EL LAMENTO DE ÍCARO
Herbert Hames Draper
1898

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