domingo, 27 de octubre de 2013

MELEAGRO Y LA CAZA DEL JABALÍ DE CALIDÓN

La caza del jabalí de Calidón tiene como punto de partida histórico a Meleagro, hijo de Eneo, rey de Calidón (o Calidonia) y de Altea.


MELEAGRO
Copia romana de un original de Skopas
350 a.C.
Ciudad del Vaticano, Palacios Vaticanos


LA BAZA DEL JABALÍ DE CALIDÓN

Meleagro contaba solamente tres días de existencia cuando su madre vio junto al hogar las tres Parcas, que, al modo de nuestras hadas maléficas echaban al fuego un trozo de madera mientras murmuraban: "La vida de este niño durará lo que este tizón". Saltar del lecho, sacar el tizón de las llamas, sumergirlo en el agua y esconderlo cuidadosamente fue solo obra de un momento.

Veinte años después, en un año particularmente abundante en lo relativo a la cosecha, Eneo había tributado los debidos honores a todas las divinidades, olvidándose, sin embargo, de Diana. La diosa, absolutamente ofendida, se vengó enviando un terrible jabalí con ojos de fuego que devastaba campos de los alrededores, obligando a la población a refugiarse dentro de las murallas de la ciudad. La criatura devastaba tierras, arrancaba de cuajo los frutales y desolaba los campos. Era tan corpulento como un toro y vomitaba vapores pestilentes; sus cerdas eran como unas puntas de lanza y sus afilados colmillos eran enormes como los de los elefantes.

Meleagro decidió enfrentarse al feroz animal, organizando una expedición con los héroes más valientes del momento. Teseo, Jasón, Cástoy, Pólux y muchos otros héroes jóvenes acudieron de todos los rincones vecinos para librar al país de aquel azote. Meleagro, dirigió ese ataque. 

Equión lanzó el primer dardo contra el monstruo pero falló el golpe. Este Equión, hijo de Mercurio, no es el que ayudó a Cadmo a levantar la ciudad de Tebas. Jasón no fue más afortunado; Mopso lo hirió con una flecha pero sin llegar a causar daño alguno. Mientras tanto, el animal enfurecido derribaba todo lo que encontraba a su alcance, y había ya herido de gravedad a muchos de los cazadores. Pero Atlanta, hija de Jasio, le asestó un flechazo detrás de la oreja, llegando a derribarlo. Meleagro, al fin, consiguió vencerlo con un golpe mortal, haciéndole pedazos y ofreció la cabeza del animal a la diestra cazadora.

Nasa más natural que esta prubea de aprecio tributada a una extranjera, pero los tíos maternos del héroe estaban completamente celosos al ver que una mujer arcadia había de recoger todos los honores de la caza, la provocaron y a la fuerza le arrancaron el presente hecho por Meleagro, añadiendo, además, numerosos insultos.

Lleno de furor Meleagro, no se pudo contener, y arremetió duramente contra sus familiares, atravesándolos con su espada y devolviéndole a la bella Atlanta los despojos del jabalí.


LA CAZA DE MELEAGRO
Jacques Raymond Brascassat
1825
Burdeos, Musée des Beaux-Arts



EL JABALÍ DE CALIDÓN
Sarcófago romano 
Roma, Palazzo dei Conservatori



MELEAGRO Y ATLANTA
Giulio Romano
1773



MELEAGRO Y ATLANTA
Jacob Jordaens
1620 - 1650
Madrid, Museo del Prado


LA MUERTE DE MELEAGRO

Altea, que amaba a sus hermanos, ofuscada por la desesperación que le causaba su muerte, echó al fuego el tizón que en otro tiempo retiró; consumiéndose el tizón y con él pereció Meleagro: una fiebre muy alta, ardiente, devoraba las entrañas del victorioso héroe a medida que la llama del hogar consumía el tizón. Su muerte produjo un profundo pesar en la ciudad de Calidonia. Sosegada Altea de su anterior obcecación, se dio cuenta de la enormidad de su crimen y se suicidó. 

Las hermanas de Meleagro, no pudiendo resignarse a abandonar el cuerpo de su hermano, permaneció junto a él día y noche, siempre sobre el sepulcro, negándose a tomar alimento y besando sin cesar las inscripciones que formaban su nombre, grabadas sobre el márbol. Diana, aplacada por tantas catástrofes y queriendo poner fin al dolor de las doncellas, las transformó en los pájaros llamados meleágridas.

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