domingo, 8 de diciembre de 2013

EL CABALLO DE TROYA - LAOOCONTE - LA CAÍDA DE TROYA


Cansados los guerreros griegos de la duración del sitio a Troya y convencidos de que esta ciudad era inexpugnable, pedían ávidamente a sus generales que les reintegraran a sus hogares. El descontento crecía día a día y amenazaba una inminente sedición.

Entonces, Odiseo (Ulises), que fue siempre fecundo en tramar astucias, planteó la estratagema más atrevida y más temeraria que la historia hace mención, aplaudida por los capitanes aqueos, dispuestos ya a aventurarlo todo. A este fin y con los abetos cortados del monte Ida, situado al lado de la legendaria ciudad, hicieron construir un enorme caballo de madera, tan alto como los elevados muros de Troya y capaz de albergar en sus entrañas un gran batallón armado. Al mismo tiempo, hicieron correr el rumor de que desistían en su empeño de tomar Troya y que aquel monumental equino era una ofrenda a Atenea para obtener por su intercesión por un feliz retorno a su patria y aplacar la indignación de la diosa por el robo del paladio. En efecto, después de haber introducido en el vientre del caballo los trescientos guerreros más escogidos, entre los que se encontraban Odiseo, Pirro, Estanelo y Menelao, fueron a ocultar sus naves detrás de la isla de Tenedos, situada a poca distancia de la orilla.

Al conocerse en la ciudad la retirada de los enemigos, los transportes de júbilo se desbordaban por todas partes, las puertas se abrieron de par en par y muchos se apresuraron a salir para recorrer la llanura que durante tanto tiempo los griegos habían ocupado. Algunos contemplaron con extrañeza la ofrenda hecha a la diosa de la sabiduría y la guerra, y la prodigiosa corpulencia del caballo. La juventud impetuosa pidió que fuese arrastrado a la ciudad e introducido en la ciudadela; los más avisados propusieron que sin duda alguna fuese arrojado al fondo del mar o que se le prendiese fuego. La incierta multitud dudaba entre los dos extremos, cuando, para dar ejemplo a todos, Laocoonte, gran sacerdote del dios Poseidón, arrebatado por la indignación, acudió desde lo más alto de la ciudadela y les increpó: "Desgraciados, ¡qué ceguera tan grande la vuestra! ¿Estáis seguros de la definitiva retirada de los enemigos? ¿Creéis que un presente de los griegos no encierra un engaño? ¿Tal confianza os inspira Odiseo? ¡Tras estos pérfidos maderos se esconden muchos soldados enemigos!".

Dicho esto, disparó con su robusto brazo un dardo contra la armadura con forma de vientre y los flancos del gran caballo. El dardo se clavó allí y arrancó un sordo ruido de armas y armaduras suficiente para inspirar serias sospechas, pero el pueblo no le concedió ninguna importancia.

En este momento, llegaron unos pastores frigios y profiriendo grandes gritos presentaron al rey, un joven desconocido con las manos atadas detrás de la espalda. Éste, lejos de huir al verlos, se había puesto él mismo en sus manos: era un griego, hechura de Odiseo, que él mismo había amaestrado para el papel que debía desempeñar. Se llamaba Sinon, hijo de Sísifo.

Después de que el griego llegase a presencia del rey Príamo, por medio de un discurso artificioso que tenía todas las apariencias de la verdad, convenció al soberano de que el ambarque de los griegos no era una ficción y que al construir un caballo de tamaño colosal solo intentaban impedir que pudiesen introducirlo en la ciudad. Después, añadió: "Si alguna vez pudierais conseguir emplazarlo en vuestra ciudadela, los griegos no intentaría ya jamás atacar de nuevo a los troyanos, sino al contrario, pues tales son los designios de la suerte, los troyanos se enorgullecerían de poder un día presentarse a las puertas de Micenas, ponerla sitio y devolver a los griegos centuplicados todos los males y calamidades que ellos les han infligido".

Las palabras de aquel pérfido produjeron en todos los espíritus profunda impresión y el extraño suceso que a ellas se siguió hizo desaparecer toda irresolución y duda.

Dos serpientes de unas dimensiones monstruosas que habían salido de Tenedos, atravesaron el brazo de mar que separa esta isla de tierra firme, lanzándose sobre Laocoonte y sus hijos, que se encontraban a su lado; se enrollaron en sus cuerpos, destrozándolos con crueles mordeduras y les ahogaban con un álito envenenado. Después se dirigieron lentamente al templo de Atenea, hasta los mismos pies de la estatua de la diosa y se escondieron detrás de su escudo.

Los troyanos, llenos de admiración ante el prodigio del caballo, no se detuvieron en deliberar. Quitaron las cadenas a Sinon dejándole en completa libertad para entrar en la ciudad como le placiese: derrumbaron un trozo de la muralla para abrir paso a la máquina fatal. Todos se pusieron manos a la obra, todos tenían a glora tocar las cuerdas con las que arrastraban el monumento hacia la ciudad. Jóvenes y doncellas cantaban himnos en acción de gracias a Atenea, y el pueblo entero se entregó a los excesos propios de un día festivo.

Mientras tanto y a favor de la noche, la flota griega se acercó a la ribera. Los troyanos vencidos por la fatiga y el vino dormían en el suelo. Sinon se dirigió al caballo, abriendo la puerta practicada en su flanco y por medio de largas cuerdas facilitó el descenso de los soldados aqueos que inmediatamente ocuparon puestos estratégicos dentro de la ciudad. La armada, que a su vez había desembarcado, penetró en la ciudad por la brecha abierta en el muro blandiendo antorchas incendiarias, prendiendo fuego a la ciudad entera, saqueando moradas principales y haciendo una espantosa mortandad entre sus habitantes sin distinción de sexo ni edad.

Pirro se sintió animado en extremo de un furor que se exacerba al recuerdo de la muerte de Aquiles; mató al joven Polites, hijo de Príamo, se lanzó de nuevo sobre el mismo rey de Troya espada en mano y a pesar de sus canas se la hundió en el corazón en presencia de Hécuba y ante el altar de Zeus.

Uno solo de los hijos de Príamo, Heleno, fue exceptuado de la matanza, gracias a su condición de adivino. También Antenor, Anquises y Eneas fueron perdonados porque siempre habían reprobado la conducta del príncipe Paris y habían aconsejado que Helena fuese devuelta a su esposo Menelao.

Los vencedores después de satisfacer su venganza, retornaron a sus barcos cargados de un rico botín y levaron anclas. Cuatro cautivas reales; Hécuba, viuda de Príamo, sus hijas Casandra y Polixena, y Andrómaca, viuda de Héctor, constituían el más bello trofeo de su victoria.


EL CABALLO DE TROYA
Ánfora
s. VII a.C.
Mykonos, Museo Arqueológico



LAOCOONTE Y SUS HIJOS
Agesandro, Atenodoro y Polidoro, Escuela 
de Rodas
50 d.C.
Ciudad del Vaticano, Museo Pío-Clementino




LAOCOONTE
El Greco
1610 - 1614
Washington, National Gallery of Art




LA ENTRADA DEL CABALLO EN TROYA
Giovanni Domenico Tiepolo
1773
Londres, National Gallery

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