domingo, 9 de marzo de 2014

LAS SIBILAS - LA SIBILA DE CUMAS


Las Sibilas eran vírgenes inspiradas que predecían lo futuro y pronunciaban oráculos. Se trata de una profetisa, las más famosas de la antigüedad, inspirada en ocasiones por Apolo, siendo pues capaz de conocer el futuro. Las Sibilas tenían su vivienda en las grutas o cerca de corrientes de agua. Las profecías eran manifestadas siempre en estado de trance y expresadas en hexámetros griegos que se transmitían por escrito. 

Su imagen es, en general, la de la sacerdotisa delicada al culto de Apolo y a la interpretación de sus oráculos. En cuanto a su origen, se remonta a tiempos antiquísimos y son muchos los países que se vanaglorian de haber sido su cuna.

Además, eran guardianas de los famosos libros sibilinos, una complicación de oráculos y profecías conservados en Roma en el templo de Júpiter capitolino y consultados en caso de calamidades o acontecimientos extraordinarios. Por ese mismo motivo, su mayor atributo siempre es el libro.

Según algunas tradiciones, hubo una joven hija del troyano Dárdano y Neso, hija del gobernador Teurco, que estaba dotada del don de la profecía y tenía una gran reputación como adivina. Ésta se llamaba Sibila, y por eso, desde entonces serían conocidas así todas las mujeres que ejercieron esta capacidad de profetizar.

Otras, en cambio, afirmaban que su padre fue el rey del Olimpo, Zeus, fruto de su relación con una de las hijas de Poseidón llamada Lamia, por lo que su don era de origen divino. 


SIBILA DE DELFOS
John Collier
1891
North Terrace, Galería de Arte de 
Australia del Sur



LAS DIEZ SIBILAS

Los autores discrepaban sobre su número, su nombre, su patria y su historia. Algunos fijaban su número en tres, otros en cuatro y otros contaban hasta diez. Los primeros escritores griegos sólo mencionaban a una Sibila: se cree que se referían a la sibila llamada Herófila, quien profetizó la guerra de Troya. Más tarde fueron surgiendo otras, siempre con su nombre de profedencia. La lista, como se ha dicho anteriormente, llegaría hasta diez:

  1. La Sibila de Samos.
  2. La Sibila Herófila de Troya.
  3. La Sibila del Helesoponto.
  4. La Sibila frigia.
  5. La Sibila cimeria.
  6. La Sibila délfica.
  7. La Sibila de Cumas o cumana, la más importantes de toda la mitología romana.
  8. La Sibila libia.
  9. La Sibila tiburtina.
  10. La Sibila babilónica o pérsica.

El primer autor griego del que existen referencias que hablase de la Sibila era Heráclito en el siglo V a.C. Igualmente Platón sólo hablaba de una Sibila. Con el tiempo el número se incrementó a tres, diez o hasta doce. En todos los caso, más que por su nombre, que en realidad no poseían, se conocían por el gentilicio del paraje donde moraban.


LAS SIBILAS DE MIGUEL ÁNGEL

De forma majestuosa, Miguel Ángel pintó en la bóveda de la famosa Capilla Sixtina, intercaladas con cinco profetas diferentes, las cinco sibilas más representativas de su época: la Sibila eritrea, la Sibila pérsica, la Sibila líbica, la Sibila cumana y, por último, la Sibila délfica.


SIBILA DÉLFICA
Miguel Ángel
1508 - 1512
Ciudad del Vaticano, Palacios Vaticanos,
Capilla Sixtina



LA SIBILA DE CUMAS O CUMANA


La Sibila más conocida era, sin duda, la de Cumas. Apolo, que sentía verdadero afecto por ella, prometióle acceder a uno de sus ruegos si cesaba de mostrarse indiferente. Deifobea, tal era su nombre (otros la llamaban Herofila, otros Demofila y otros desdobían a nuestra sibila en dos personas diferentes) recogiendo un puñado de arena, le pidió poder vivir tantos años como granos que tenía en la mano. Su deseo le fue satisfecho, pero después ella se burló del dios que tan crédulo había sido y huyó.

A su vez, Apolo se burló de ella porque se le había olvidado perdile la juventud al mismo tiempo que la longevidad. Pasados treinta o cuarenta años sintió ella debilitarse; a su fresca lozanía sucedió una espantosa demacración, la senilidad hizo sus pasos tardos, su voz se fue apagando y la existencia se le hizo una carga verdaderamente pesada.

Al llegar Eneas al Lacio fue a consultarla al Averno y ella fue quien lo introdujo en el Hades. Siendo ya de edad muy avanzada, compuso y llevó misteriosamente a Roma, donde a aquella sazón gobernaba Tarquino el Soberbio, los libros poéticos llamados Sibilinos. Cubierta con un amplio velo, avanzó grave y con seguro pie hasta el palacio del soberano y pidió que le fuese concedido poder hablar con él. Admitida a su presencia, le mostró nueve manuscritos y exclamó: "Príncipe, quiero cobrar trescientas monedas de oro por estas hojas en que se encierran los destinos de Roma". Tarquino sonrió al oír semejante proposición y no se dignó a contestar. Deifobea no se arredró por ello; arrojó al fuego tres de sus documentos y añadió: "Príncipe, no podréis pagar en lo que valen estos seis rollos: en ellos se hallan contenidos los destinos de Roma". 

A esta nueva súplica, el príncipe se encogió de hombros y la trató de extravagante. La Sibila no cambió de táctica, quemó otros tres cuadernos y le comentaba de nuevo al monarca: "Rey de los romanos, nunca se pagará bastante lo que queda de estos oráculos: pido que me paguéis por ellos trescientas monedas de oro". Tarquino, después de dudar un momento, mudó de parecer, reunió a los grandes de su corte para consultarlos, entregó a la vieja Sibila la suma pedida y recibió los precisos libros que constituían una recopilación de las predicciones hechas sobre los destinos del imperio romano.

Desde entonces nada que tuviera alguna importancia se emprendía en Roma sin consulta. En tiempo de guerra, sedición, peste o hambre, recurrían a los versos sibilinos, que quedaron constituidos en oráculo permanente, respetado e infalible. Para atender a la conversación de tales libros se había establecido un collegium (colegio) de sacerdotes llamados quindecenviros y solamente ellos tenían derecho interpretarlos.


Narra un mito que el senado romano había propuesto a Augusto la deificación. El emperador, indeciso, prefirió consultar a la Sibila Tiburtina para ser aconsejado. La sacerdotisa le anunció la futura llegada de un niño que llegaría a ser el más grande de los dioses. Ante esas palabras, el cielo se rasgó y apareció la Virgen con el Niño Jesús en sus brazos.


SIBILA CUMASNA
Miguel Ángel
508 - 1512
Ciudad del Vaticano, Palacios Vaticanos,
Capilla Sixtina





AUGUSTO Y LA SIBILA TIBURTINA
Antoine Caron
1575 - 1580
París, Louvre

1 comentario:

  1. Los libros sibilinos de Tarquino el Soberbio los adquirió en parte el cónsul Cepión, el vencedor de Viriato, el que dijo "Roma no premia a traidores" y despeñó a los tres asesinos del guerrillero lusitano por un barranco, y con los rollos en su poder trasladó su contenido a las paredes de mármol de su cámara sepulcral donde se conservan escritos todos los oráculos y vaticinios de la sibila, dicha tumba está bajo el lecho de un torrente pirenaico en el Ampurdán, cerca de Rosas, enterrado al estilo godo, y saldrán a la luz cuando Dios quiera en un futuro y la humanidad lo necesite.

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