martes, 11 de marzo de 2014

LOS AUGURES


Los romanos daban el nombre de augur a nueve magistrados cuyo cometido era predecir el provenir y que, en cierto modo, eran considerados como intérpretes de los dioses. Por tanto, eran aquellos que practicaban oficialmente la adivinación. Gozaban de una veneración sin límites, y antes de acometer cualquier empresa de importancia era necesario que se les consultase para saber cuál sería el resultado.

Los augures existían desde la fundación de la ciudad de Roma, ejerciendo una práctica tomada de griegos y etruscos. Su corporación constituía uno de los cuatro prestigiosos colegios sacerdotales de la Antigua Roma. Era un cargo oficial pero también había augures particulares: sólo los magistrados podían consultar a los augures oficiales, en recintos especiales. El cargo oficial era vitalicio, compatible con magistraturas o con otros cargos sacerdotales. 

En principio el cargo estaba reservado a los patricios; pero a partir de la Lex Ogulnia quedó accesible a los plebeyos, las capas bajas de la sociedad de antaño. En tiempos de la monarquía (753 - 509 a.C.) eran elegidos por el rey. Con la llegada de la República serían elegidos al principio por cooptación en el Colegio, pero luego fueron elegidos por el pueblo, con la excepción del período de la dictadura de Sila, en que se volvió al sistema anterior. Finalmente en la época imperial fueron nombrados directamente por el emperador, pero con Teodosio el cargo quedó suprimido por hacer oficial el cristianismo.

Éstos gozaron en Roma de una consideración ininterrumpida hasta el fin de la República romana. Por aquel tiempo cayeron en descrédito, ya que un ciudadano pudo decir entonces: "no concibo cómo dos augures pueden mirarse sin reírse".

Los augures sacaban sus respuestas de cuatro fuentes principales:
  1. De los fenómenos celestes, tales como el rayo, los relámpagos, los cometas y los eclipses. En el caso de los dos primeros estimaban el augurio favorable, si mirando al sur, caían a su izquierda (la derecha de Júpiter).
  2. Del vuelo y del canto de los pájaros. Analizaban el graznido de cuervos, grajos y lechuzas y también el vuelo de águilas, buitres y halcones.
  3. Del modo como los pollos sagrados tomaban el aliento que se les daba (si no querían ni aun salir de sus jaulas, ni correr, el presagio era funesto; si devoraban ávidamente los granos de trigo y recogían los que se escapaban a su pico, el presagio era favorable).
  4. De hechos puramente casuales, por ejemplo, de la caída de un salero, de un estornudo, de un ruido extraño, de un incendio, de una vela que se apagaba sin causa manifesta, de un ratón que royese los muebles, del encuentro fortuito con una serpiente, una liebre o un zorro. En general serían acontecimientos imprevistos extraordinarios, considerados de mal augurio.

Disponían además de dos tipos de libros para su labor. Por un lado estaban los rituales, que contenían fórmulas fijas; por otro estaban los de comentarios, los cuales recogían resúmenes de las actuaciones.

También había una clasificación dentro de los augures. Por un lado estaban aquellos que impetraban a los dioses la manifestación de su voluntad, mediante fórmulas rituales. Por otro, en cambio, estaban los que descifraban los signos de la voluntad de los dioses, manifestada sin previa solicitud. Estos fueron los más importantes, hasta el punto de que con solo declarar que los auspicios eran desfavorables, podían anular asambleas, elecciones o cualquier resolución de los magistrados.


AUGUR SOSTENIENDO EL LITUUS, LA
VARA CURVADA UTILIZADA COMO UN
SÍMBOLO DE AUGURIO EN LAS MONEDAS
ROMANAS

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